Llueve, “detrás de los cristales, llueve y llueve…”; esas palabras de la canción de J.M. Serrat son un buen comienzo para la expresión de los sentimientos asociados al duelo.
La lluvia y el llanto, ¡hoy me duelen! Duele la partida de la madre, tal vez más que la de otros seres queridos a quienes antes ví o sentí partir: papá, Mariela, Andrés, Gladyz, Mono, y ahora… mamá y Ofelia.
Mamá se fue con un “rayo solar”, el sábado 17 de marzo, a las 12:10 del medio día. Se fue “como quería”, según conocíamos de sus expresiones sobre la muerte; no quería morir en una cama, tampoco enferma, o encerrada en la casa. Siguiendo el oráculo de la E. Neijing, se fue con la luna llena en un tiempo de “lo creativo: el verbo creador”, y Ofelia,“Antes de la consumación”, “La comunión de los amantes, el orgasmo sostenido”. Hexagramas primero y último del I Ching; y ellas, la mayor y la menor de su núcleo familiar. ¡fue una muerte maravillosamente deseable!
Durante los últimos años la sentí ir modificando poco a poco sus malestares en la relación con Ofelia, y conmigo. También fui aprendiendo a verla como mamá: acogedora y dispuesta en sus comportamientos, más que en su expresión verbal. Conservo muchos regalos de ella; pequeñas cosas que se esmeraba en recoger durante todo el año para regalarnos en ocasión de los cumpleaños, y la navidad. Cosas útiles, y sencillas que mis hermanas me daban después, cuando no les gustaban.
Ahora ella no está físicamente, sólo nos quedan los recuerdos, para mí: una infancia maravillosa, juguetona, socialmente ligada al vecindario en Campoamor, con dos amigas que la acopañaron: Libia Sierra, y doña Celene de Ramírez.
Una juventud difícil, compleja para una mujer viuda con 5 hijas pequeñas para educar y “sacar adelante”. Tuvo que “sacar su masculino, y ocultar el femenino”. Eso tuvo sus efectos en nuestras vidas y cada una las ha vivido a su manera; en mi caso, una búsqueda permanente de ser mujer y ser feliz.
Una adultez más serena en esa relación de madre como la mía de hija, revisándome y re-creando cada encuentro familiar. ¡Fue un período bonito, ella se divertía mucho!, volví a verla reír.
Para mi madurez, la relación fue más serena todavía, menos protagónica a nivel familiar, y más dedicada a ella; a sus demandas y necesidades; aprendí con dificultad, que tanto ella como mi tía, necesitaban más compañía que otra cosa, y las acompañaba semana a semana; a ella para hacer sus compras, salir, caminar. Ella le decía a las empleadas que prepararan un buen almuerzo porque yo iba.A mi tía le bastaba con que nos sentáramos a conversar.
Su partida me ha traído emociones fuertes; me ha develado un lado “dormido” y me ha evidenciado la importancia y necesidad de la aceptación de la vida “tal como es”. Esto implica auto-observación, contemplación y silencio. Un silencio que no es callar; es comprender y es respetar la individualidad y soledad de la condición humana.
Hoy me queda la gratitud por su entrega y sacrificios. Una comprensión de las limitaciones en la relación madre/hija, por esos devenires del pasado ajeno a las dos, y desde ahí una profunda compasión y amor, como potencias para trascender el abandono y la orfandad.
Gracias mamá por haberme acogido!
Flor del Alba
Medellín, 10 de mayo de 2018.

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