ESCRITO EN CONFINAMIENTO PARA JUANA
La
luna estuvo empezó a llenar el martes, ayer una “super luna rosa”, por su
perigeo, máximo acercamiento a la tierra, dijeron en las noticias; en España la
llaman Luna pascual. Otras culturas la nombran: “Luna del huevo, Luna de la
semilla o Luna de los brotes". ¡Sí estuvo hermosa!
Hoy
Júpiter me acompaña en este escrito, con 27 grados de temperatura a las 9 y 45 de
una mañana serena y armoniosa; donde los pájaros danzan, cantan y revolotean en
los árboles contemplándolos desde la ventana del comedor.
Al
amanecer soñaba con el Suroeste de Antioquia y las mujeres de las
organizaciones que Vamos Mujer acompaña. Muchas escenas de movimiento, poca
claridad en ese quehacer. Ahora, mientras escucho UN radio, sigo dándome cuenta
de todo lo que está sucediéndose en la ciudad, en el país, en el mundo. Todo lo
que culturalmente rebela diferentes respuestas ante un confinamiento que lleva
en nuestra ciudad 21 días. “Las músicas
en Covid-19”, es el especial de hoy en UN; todas las canciones “dan voz a la
esperanza”, todas inclinan la balanza a favor del amor. Me complazco en poder
estar viviendo también este momento de una humanidad sufriente, ¡me complace poder
ver este movimiento con otros ojos!
En
esta cotidianidad dedico el día a la escritura; una expresión liberadora para
el alma y para la mente. Escribo sobre lo que me dejó la lectura de Gioconda
Belli en “El pergamino de la seducción”
(2005).
Gioconda
es una de mis escritoras “de cabecera”, es decir, preferida y cuya obra trato
de seguir. “La mujer habitada”, fue su primera novela (1990), y también la
primera que leí de ella; antes fue prolija en poesía. Recuerdo estar en los
agites de la militancia de izquierda cuando leía sus poemas en fotocopias que
llegaban casi clandestinamente hasta mis manos porque no se comercializaban
aquí. Todavía las conservo.
“La
mujer habitada” fue un regalo de mi amiga mayor, Leonor Esguerra en aquella
época de fuertes agitaciones en medio de las cuales, además de perder el libro,
perdí muchas otras cosas y personas que amaba. En mi primer viaje a México lo
compré, en la edición de 1998 (Emece), y todavía lo conservo.
No
volví a la lectura de Gioconda hasta el año 2012 cuando viví en Bogotá y
trabajaba con el Plan Nacional de lectura y bibliotecas. En esa oportunidad a
través de mi amiga Magda Azucena quien se hizo a una buena colección durante la
visita que la autora hizo a esa ciudad. Entonces leí “Sofía de los presagios” y
“El país de las mujeres”.
Este
año “le tocó” a “El pergamino de la seducción”, empecé su lectura en febrero, y
la terminé esta semana de abril, dos meses apasionada con él. Aprendí sobre la
vida de Juana de Castilla, quien viviera entre Flandes (Región Flamenca de
Bélgica) y España en los siglos XV y XVI. De ella sólo conocía su nombre y
marca social: “Juana la loca”… que vergüenza sentí al descubrirla desde las
palabras de Gioconda.
¡Ninguna
loca, Juana! ¡Una mujer afirmada!: inteligente, segura, fiel a sí misma y por
ello poderosa e íntegra. Le tocó un tiempo difícil de humanidad, en el cual
sólo existíamos las mujeres para la reproducción biológica, y reproducción de
hijos porque era hombres lo que necesitaba el patriarcado para extender sus
fauces y dominar, incluídas en la dominación las mujeres.
Gioconda
logra magistralmente relatar la vivencia del alma de Juana, en una composición
de la historia donde sitúa a dos mujeres en dos tiempos distantes del devenir
como humanidad, el siglo XV y el siglo XX, y desde un lugar profundamente
femenino, desde el alma. Conmueve leer como el amor llega y “atrapa”, tanto a
Juana como a Lucía, la otra protagonista en este relato, descubren el amor y la
sexualidad a través de un hombre. Ambas logran ser conscientes de las
manipulaciones de ese otro que se ama, y a pesar de ello, viven el amor por
encima de las implicancias para sí mismas, y para su vida siendo el cuerpo el
templo donde quedan las marcas; marcas que podrán trascender las nuevas
generaciones, como deja implícito en la decisión de Lucía.
Terminé
esta lectura en tiempo del confinamiento social ¡a causa de un virus! Esta
“coincidencia” me produjo una reflexión más vivencial acerca de cómo Juana
vivió su encierro de 46 años en Tordecillas (1509-1555), se la encerró por ser
inteligente, segura, y fiel a sí misma, como muchas otras mujeres en la
historia, todavía hoy por develar y rebelar. Felipe a Juana, Manuel a Lucía, y
hoy un virus, encierran de modo diferenciado a hombres y mujeres.
Sólo
en otra lectura a la historia y la vida como en esta novela que hace Gioconda, se
abre la posibilidad de trascender el encierro de la vida, y ver la luz a nuevas
juanas.
Flor del alba
9 de abril de 2020
